Quienes llevamos un tiempo siguiendo la actualidad política europea, sabemos que el cliché favorito de cierta izquierda cuando pierde terreno siempre es el mismo: «Hoy somos más necesarios que nunca». Da igual que el suelo electoral se les hunda, que sus feudos históricos voten a la contra o que la calle les dé la espalda; el diagnóstico oficial nunca es autocrítica, sino convencerse de que el votante «se ha equivocado» o que la sociedad se ha vuelto malvada de la noche a la mañana.
Los recientes resultados electorales en Alemania —con Alternativa para Alemania (AfD) arrasando y rozando mayorías absolutas en estados como Sajonia-Anhalt— han dejado este mantra en evidencia. La pregunta incómoda que la política tradicional evita responder es evidente: ¿por qué un trabajador obrero o de rentas medias acaba votando a un partido como AfD?
La desconexión: cuando la teoría choca con el supermercado
Decir «somos más necesarios que nunca» mientras pierdes a la clase trabajadora es el equivalente político a que un restaurante se quede sin clientes y el chef diga que la gente no sabe comer.
Durante décadas, la izquierda tradicional se definía por defender el bolsillo de la clase trabajadora, los servicios públicos y la estabilidad económica del que madruga. Sin embargo, en los últimos años el foco ha virado hacia una agenda marcadamente moralista, priorizando debates identitarios, transiciones energéticas exprés y un discurso sobre la inmigración que ignora por completo la gestión del territorio, la saturación de los servicios locales y la seguridad en los barrios más humildes. Pasa en Alemania, en Francia, y también en España.
Cuando el coste de la vida se dispara, la energía se encarece y el salario rinde cada vez menos, las lecciones de moral de un político suenan a burla. La gente no vota por odio; vota por hartazgo y por prioridades del día a día.
Qué ofrece AfD y por qué conecta con el votante desencantado
Si uno despieza el programa de AfD alejándose de las etiquetas habituales, encuentra medidas dirigidas directamente a la línea de flotación de las familias de clase media y trabajadora:
Servicios básicos e incentivos familiares: Medidas concretas como guarderías y comedores escolares gratuitos desde el primer hijo, o ayudas directas a la vivienda para jóvenes familias.
Control migratorio y seguridad: Exigen un freno radical a la inmigración irregular, acelerar las deportaciones y priorizar las ayudas sociales en especie frente a los pagos en efectivo para evitar el «efecto llamada».
Costo de la vida y energía: Proponen dar marcha atrás a las políticas climáticas que encarecen la factura de la luz, bajar impuestos al consumo energético e incentivar el comercio e industria local.
Para un obrero industrial o un pequeño comerciante, este discurso no suena tan mal, no huele a «extrema derecha teórica», sino a un intento de frenar la pérdida de nivel de vida.
El trasvase inconfesable: de votantes de izquierdas a la derecha radical
Las encuestas en Alemania arrojan un dato devastador para el discurso progresista: AfD arrasa entre los trabajadores manuales, los obreros y las personas con rentas medias y bajas.
¿Por qué ocurre esto?
La paradoja del Estado del Bienestar: El votante humilde entiende que un Estado del bienestar fuerte requiere fronteras y recursos finitos. Si el sistema educativo o la sanidad local se colapsan, los primeros en sufrirlo no son las clases altas, sino los barrios de renta baja.
Abandono del discurso de clase: Al cambiar la defensa del salario por debates sobre el lenguaje inclusivo o la geopolítica verde, la izquierda ha dejado un vacío gigantesco que la derecha más populista ha sabido llenar ofreciendo respuestas sencillas a problemas cotidianos.
El rechazo al cordón sanitario: Cuanto más se repite desde las instituciones que AfD es un «peligro para la democracia» sin ofrecer alternativas reales a la inflación o a la inseguridad, más gente percibe esa etiqueta como una burda estrategia de las élites para no soltar el sillón.
Menos lecciones de moral y más realidad
Seguir atrincherados en el «somos más necesarios que nunca» solo garantiza que el resultado electoral de la derecha siga creciendo. La gente no necesita que la política le diga cómo tiene que pensar o sentir; necesita que le resuelva cómo llegar a fin de mes, cómo garantizar la educación de sus hijos y cómo pasear tranquila por su barrio.
Hasta que la izquierda no entienda que el voto no se merece por decreto moral, sino que se gana respondiendo a las necesidades materiales reales de la gente, la brecha seguirá haciéndose más grande. Y el trasvase de votos, lejos de frenarse, continuará acelerándose. Allí y aquí.