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domingo, 24 de diciembre de 2017

Cuento de Navidad - El día que Jesús no quería nacer


Aprovechando que es Nochebuena quiero felicitar a todos los que de vez en cuando se pasan por 30dediferencia estas entrañables fiestas y desearos lo mejor para el nuevo año que está a punto de comenzar. En el blog ya se ha hecho casi tradicional felicitar estas fiestas con un cuento de Navidad, este que os traigo hoy es bastante conocido, su autor es Antonio García Barbeito, y lleva por título El día que Jesús no quería nacer.

Es un relato que me parece precioso en su sencillez. Jesús tenía, y tiene, motivos más que suficientes para no querer nacer, pero al final lo hizo, y lo que es mejor, lo sigue haciendo cada año.Recuerdo que lo escuché hace ya muchos años en la radio, hace ya unos años lo publiqué en el blog de la Asociación de Madres y Padres del colegio y ahora lo vuelvo a compartir con todos vosotros.

También os dejo la opción de que lo escuchéis directamente desde aquí. Os aseguro que merece la pena.


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EL DÍA QUE JESÚS NO QUERÍA NACER



Ahora, en estos días que el frío, la lluvia, la niebla y las noches son como personajes de nuestra tradición, me atrevo, a la luz de la lumbre de la memoria, a contar algo que no sé si es una historia o un cuento, un milagro o una fantasía, algo que no sé si lo he vivido o me lo han contado, si lo soñé o lo he inventado. Tengo serias dudas respecto a este relato, pero juraría que es cierto que una vez recibí una carta de unos niños que me lo contaron.

Es más…, tengo la carta aquí, entre las manos. Pero también es verdad que no sé si es cierta o no la carta. De modo que quizá lo mejor sea que nunca sepamos la verdad. Milagros hay -invenciones hay, fantasías, cuentos, sueños, verdades inciertas- por los días de todos nosotros que no nos atrevemos nunca a contar. Milagros que un día nos iluminaron, nos sorprendieron en nuestras dudas y que conservamos como reliquias de un prodigio. Milagros… que a lo mejor no son milagros, pero que preferimos pensar que lo son, con tal de no perder del todo la fe en las cosas.

Por eso hoy, en estos días en que es más fácil creer, que uno retorna al tiempo en que la imaginación era más poderosa que la realidad, que la inocencia nos dominaba aún, voy a contar algo que juraría que me contaron…

No lo sé. Lo soñara, lo viviera o lo imaginara, lo cierto es que escribo al dictado de esta carta que me aparece y se me pierde entre las manos y en la que no tengo más remedio que creer. Los niños que me la mandan no se han atrevido a decírselo a nadie por temor a que los tomaran por embusteros o por ilusos ¡los niños, como siempre, tan sabios, saben de sobra de nuestras torpezas y de nuestra mezquindad!…, y pensaron que quizá fuera peor el remedio que la enfermedad. Ellos en su carta me cuentan que…,

…En las primeras oscuridades de la Nochebuena, mientras descansaban de la colocación del Nacimiento, que lo tenían casi a punto, se asomaron al balcón a ver la calle, sabedores de que la calle tendría algo especial esa noche. Intentaron abrir una hoja del balcón, pero un puñado de aire, mitad frío, mitad niebla les hizo cambiar de idea. Unos dicen que aquel aire olía a castañas asadas, otros que a torta de manteca, otros que olía a frío… Y sería verdad: haría frío. “¡Qué fría es la noche que el cielo escogió!”

El rincón del salón era, dicen, un sueño cuando encendieron las luces del Nacimiento. Y parecía fuego aquella pequeñez luminosa que simulaba la llama entre los menudos leños de la candela. Y algo de aurora tenía la oscura claridad del cielo de cartón piedra que asomaba lleno de estrellas de papel de plata. Y algo de amanecida la luz de la lamparita tras las montañas de papel arrugado y corcho. Todo a punto para la Nochebuena: los tres Reyes, bajando el camino (uno de ellos, Melchor, ya en el puente de tablas); el ángel, en su olivo, ‘suspendido’ hábilmente entre algodones; los pastores, al pie de la hoguera, junto al puchero de barro, expectantes, mirando al cielo. La lavandera, lavando arrodillada en la vera del mentiroso río de cristal. Y el molinero, cargado con un saco de trigo bajo las aspas del molino. Y el vendedor callejero, con la mano ahuecada en la mejilla, pregonando su carga… ¡Estaban locos de contento los niños!

El yeso y el polvo de talco ‘hielan’ las cumbres de corcho, mientras el gañán traza surcos y el hombre de la recova ve cómo las palmeras son más bajas que él. Un dibujo recortable, de buen gusto, en la pared de fondo, deja un precioso perfil de pueblo blanco. Magnífico el Portal: una chocita de eneas, íntima, con más sombra que luz, a cuya puerta se arrodillan pastores. Dentro, echados, el buey tiene una mirada de hermosa mansedumbre, mientras la mula, sagaz, tiene las orejas empinadas. José, de pie, apoyado en su báculo y ligeramente inclinado. Serio, con una majestad sobresaliente. María, sentada, empezando a componer una sonrisa y con los ojos alegres como los de una paloma libre mirando al…

-¿Y el Niño? ¿Dónde está el Niño Jesús?

Algunos de los niños corrieron a mirar a las virutas de la caja donde guardaban las figuras, pero no estaba. Uno de ellos, el más pequeño, al que echaron la culpa de la pérdida, dijo lloriqueando que él no lo había perdido, que lo cogió y lo dejó acostado en el pesebre, sobre los trocitos de paja. Y que le pareció haberlo visto sonreír.

Nadie pudo replicar al chiquillo, pues cuando iban a hacerlo sonó un golpe seco. Era la puerta del salón, que se había cerrado sola, sin que nadie la empujara. Y, además, no pudieron abrirla cuando lo intentaron. Se apagaron las luces del salón y en el Nacimiento sólo se mantuvo encendida una pequeña luz celeste, la que iluminaba el olivo donde estaba el ángel. Empezó a silbar un vientecillo entre las copas del bosque de papel y los niños se abrazaron asustados. Dicen que no podían ni gritar porque el miedo les ahogaba. Fue entonces cuando se hizo más clara la luz del olivo y se vio al ángel de barro que se movía y hablaba.

Ángel:
-No temáis. Soy un ángel mensajero de Dios y vengo a daros una noticia. No busquéis más al Niño porque vosotros no lo habéis perdido. Y es verdad que uno de vosotros lo dejó acostado en el pesebre y ahora no está. Pero Dios Padre se opone a que nazca su Hijo, a que nazca Jesús. Vosotros seréis los encargados de hacerlo saber a la humanidad. Estad atentos y no temáis.

El ángel recorría con la mirada todo el paisaje del Nacimiento mientras una luz que nadie sabía de dónde manaba, dejaba un extraño lubricán donde las figuras eran poco más que sombras. Y volvió a hablar. Ahora a las figuras:

Ángel:
-¡Sabedlo: Jesús, el Mesías no nacerá! Su Padre, el Altísimo, sabe que el mundo es contrario a su Nacimiento, porque el mundo tiene consciencia de la gravedad de un Salvador en esta hora.

Ángel:
-Tú, molinero, deja tu faena y vete, que Jesús no nacerá.

Molinero:
-¿Que el Niño no va a nacer?
¡Y eso cómo puede ser,
si está loco mi molino
moliendo el trigo más fino
para ofrecérselo a Él!
¡Y está la nieve que trina
(¿no la ves en la colina?)
Lampando para su altura
la blancura
de mi harina!
No digas, ángel amigo, no digas
que no va a nacer Jesús.
¿Acaso no sabes tú
que Él es de mi trigo espiga?

Ángel:
-¡No nacerá, no, nanas de calumnia, mecidas de odios, arrullos de heridas preparan para Él! ¡Lavandera, deja tu ropa y vete, que Jesús no nacerá!

Lavandera:
-Lavando en esta orilla
de agua escarchada
llevo ya de rodillas
varias jornadas.
Y lavo y canto,
que nunca unos pañales
fueron a tanto.
No me digas ahora,
ángel bendito,
que el Niño-Dios no hace,
cuando está escrito.
Dile a la Altura
que no nos niegue el parto
de esa criatura.
¡Si Él ha de ser la corriente
donde se lave la herida
de la vida
de la gente!

Ángel:
-¡No nacerá, no. Porque la mentira está agazapada entre los matorrales como raposa, y la soberbia cocea en las paredes del Portal asustando a María!
¡Tú, gañán, suelta tu yunta y vete; guarda tu arado y abandona la besana, que Jesús no nacerá!

Gañán:
-¿Que no va a nacer Jesús?
¡Sí está la reja que brilla
de haber abierto en barbecho
cuarenta surcos derechos
para albergar su semilla!
¡Si está mi esperanza hecha
a atar su Verbo en gavilla
al cabo de la cosecha!…
¿Que no va a nacer Jesús?

¡Pues no faltaría más
que el que es Semilla del mundo
se quedara sin sembrar!

Ángel:
-¡No nacerá, no. Que José ha tenido que ahuyentar las víboras de la vejación que se estaban encamando entre la paja del pesebre! ¡No nacerá Jesús! ¡Tú, costurera, deja tus puntadas y vete; recoge tus telas y tu silla y abandona este lugar, que el Niño-Dios no nacerá!

Costurera:
-Hebras y agujas de oro
tengo en el arca guardadas
para bordarle su nombre
en la que será su almohada.
Y aún me parece pequeño
el valor de este metal
para acompañar su sueño.
Guardo terciopelo, pana
y vara y media de seda.
Y si faltara, me queda
otro tanto o más de lana.
¡Que no quiero, que no quiero
que el que es Abrigo del mundo
vaya por el mundo en cueros!
No digas, ángel amigo
que estas puntadas
que están dando mis manos
serán por nada.
¡Si esa criatura
tiene loca la cesta
de mi costura!

Ángel:
-¡No nacerá, no. Que los alacranes de la envidia le buscan el vientre a María para sembrarle su veneno. No nacerá Jesús! ¡Tú, leñador, enfunda tu hacha y vete; deja el bosque y las sombras y busca el camino de tu casa, que Jesús el Mesías no nacerá, según disposición del Altísimo!

Leñador:
-¿Que no va a nacer mi Dios?
Si están gritando las ramas:
“¡Córtame a mí, leñador,
quémame con la retama.
Para cuando nazca Dios
yo quiero ser ya una llama
que pueda darle calor!”
¡Si tengo el monte desnudo
y romo el filo del hacha
para que se asuste luego
con el fuego
la rigidez de la escarcha…!

Ángel:
-¡No nacerá Jesús. Que los lobos del egoísmo aúllan en los cerros cercanos y vuelan bajo los milanos poderosos queriendo rapiñar los polluelos de la inocencia! ¡No nacerá Jesús! ¡Tú, mujer que estás a la puerta de tu casa, echa los cerrojos y vete a dormir, que lo esperado, el Hijo de Díos, no nacerá. Vete!

Posadera (obviando al ángel y mirando al vacío, como si en el vacío estuviera ya el Niño, como si le hablara al Niño que no ve):
-Yo soy la posadera.
La que se quedó esperando
a que tus padres vinieran
llamando,
la que todavía espera.
Yo sé que te han cerrado
todas las puertas.
Por eso yo las mías
las tengo abiertas.
Y guardo dentro
una cálida cuna
para tu cuerpo.
…Y aunque no lo sabe nadie,
chiquillo de mi fortuna,
al aire de la mañana
tengo encargado una nana
para dejarla en tu cuna,
¡Que no me digan a mí
que Tú no vas a llegar!
Si tengo de par en par
las puertas
y yo esperando, despierta,
hasta que quieras llamar…

Ángel:
-¡Que no va a nacer Jesús, sabedlo! ¡Que tras las nubes que parecen de lluvia remediadora se esconden truenos de guerra y rayos de violencia acechando el Nacimiento del Hijo de Dios! ¡Pastores, recoged, vuestro hato y volved a vuestras casas, que Dios no nace. Callad vuestras canciones y dormid, que nada extraordinario ha de ocurrir esta noche!

Pastores:
-¿Pastores en Nochebuena
sin tenerle a quien cantar?
¡Pues vaya una Navidad!
Hemos dejado el rebaño
a su apaño
en el redil,
para llegar hasta aquí
con rezos y villancicos
a celebrar al Dios Chico
de Belén;
y en esta noche de frío
que venimos al Portal
tú nos vienes a contar
que está el pesebre vacío…
¡Dile que somos pastores
en vela;
dile que somos pastores
que esperan,
cantando,
la llegada de su Dios
que los librará del daño.
Dile que queremos ser rebaño
donde Él quiera ser Pastor”

Ángel:
-No nacerá Jesús, no. Que trepa la hipocresía como yedra por las tapias del mundo. Y todo es un sin sentido en lo diario, donde arraiga la grama de la insolidaridad y las traiciones. ¡Tú, vendedor, vuelca tu carga y vete, que nada tienes que hacer aquí esta noche, pues no nacerá el Dios que esperas!

Vendedor:
-Traigo yo de reata
mi borriquilla,
que vienen bien cargadas
las angarillas:
naranjas, peros…
Y melones tardíos
también los llevo.
Pero yo no pregono
mi mercancía.
Mi voz está esperando
que rompa el día;
subir al viento
y pregonarle al mundo
su Nacimiento.
¡No digas, ángel amigo,
que no va a nacer mi Dios,
después que he pasado el día
metido en la serranía
limpiando al aire mi voz
para anunciar en pregón
la llegada del Mesías…!

Ángel:
-¡Cómo va a nacer Dios! ¿No veis la gangrena de la maldad, vestida de perfumes, cómo devora la carne del hombre? ¿O es que acaso no llevamos veinte siglos cerrándole las puertas a la Alegría que quiere quedarse con nosotros? ¿De qué os extrañáis? ¿Si no sois capaces de mirar a los que tenéis cerca, ¿seríais capaces de reconocerlo a Él? ¡No, no nacerá Jesús! ¡Reyes, majestades, desandad el camino, que vuestros pajes tomen la reata de vuestros camellos. Emprended la vuelta. ¡Jesús no nacerá, sabedlo!

Reyes:
-Que tres Reyes
que, desdeñando sus leyes,
han venido expresamente
desde Oriente
hasta el Portal,
bien guiados por aquella
buena estrella
que ahora señala el lugar,
tengan que volverse atrás
porque no nace el Mesías,
cuando hay una profecía
escrita, que escrita está…
¿Qué hacemos con el incienso,
con la mirra, con el oro
que traemos para Él,
tres símbolos que han de ser
su pasión y su tesoro?
Ese Niño ha de nacer.
Nos lo han dicho:
“Lo hallaréis
antes de entrar en Belén,
en un pesebre ha de ser,
entre María y José,
junto a una mula y un buey.
Lo adoraréis.
Y estando cerca de Él,
comprenderéis
que tres reyes van a ser
vasallos de un solo Rey”
¡Cómo es que no va a nacer!

Ángel:
-¡Pues no va a nacer! Dios sabe que, a boca de parto, hay Herodes disfrazados de adoradores. Además, ¿tiene sentido para alguien el Nacimiento de Jesús? Jesús hoy es una dificultad para los hombres; no sé por qué os quejáis. ¡A retomar el camino, majestades, a desandarlo. Ya no hay nadie en el Nacimiento que no sepa que Jesús no va a nacer. Son ustedes los últimos y es hora de que nos vayamos…
(Ángel, sorprendido, incrédulo): …Y aquello… ¿Qué…, qué es aquello? ¿Quiénes son esos que vienen en grupo bajando los cerros? ¡Eh!, ¿quién anda ahí? ¡Eh, vosotros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís, y a qué? ¿Pero…, cómo es posible, si vosotros no existíais, no estabais entre las figuras del Nacimiento! ¡Dios mío! ¿Quiénes son? ¿Y qué querrán? ¡Pero… ¿adónde vais?! ¡Eh, un momento, nos os acerquéis al Portal! ¿No habéis oído lo que acabo de decirles a todos? ¡Eh, tú! ¿adónde vas? ¿Quién eres tú?”

Alegoría 1:
“Yo soy la Justicia”.

Ángel:
“¿Y qué esperas?”

Alegoría 1:
“La noticia
del Nacimiento de Dios.
Su venida beneficia
a toda la Humanidad,
pues al nacer Él, se inicia
la senda que me propicia
la Igualdad.
Y están los injustos
rompiendo a su gusto
la Equidad.
Hace falta un justo Juez
en la vida.
Número, Peso y Medida
ha de traer.
Y ese Juez
ha de nacer
en Belén,
esta noche, sin tardanza.
Así ha de ser.
Él pondrá derecho el Fiel
de la Balanza.”

Narrador:
“Y el ángel nada decía. Miraba y se sorprendía”

Ángel:
“Y tú, ¡tú quién eres?”

Alegoría 2:
“Yo soy… la Paz”

Ángel:
“Y ¿qué quieres?”

Alegoría 2:
“Regalar
el sentido de mi nombre
y convertir a los hombres
a la buena voluntad.
Por eso vengo al Portal
a pedir la Navidad
del Niño-Dios en la Tierra.
Y el Niño-Dios nacerá,
porque Él sabe que a la Paz
las puertas no se le cierran,
que si no, devorará
los trigales de la Paz
la cizaña de la guerra”.

Narrador:
”…Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía”

Ángel:
“Y tú, ¿tú quién eres?”

Alegoría 3:
“¿Yo? Yo soy la pobreza.
Por amor, no por condena.
Fui libre cuando aquel día
junto a mi bolsa vacía
sentía mi vida llena
de alegría.
Mas le falta una razón
a mi vida para ser.
Por eso vengo a Belén
a pedir que nazca Dios.
Dile tú que yo te mando.
Dile que su Nacimiento
la Pobreza está esperando”.

Narrador:
“…Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía”

Ángel:
“Y tú, ¿tú quién eres?”

Alegoría 4:
“Yo soy la Fe”

Ángel:
“Y ¿qué quieres?”

Alegoría 4:
“Ver nacer al Mesías”

Ángel:
“¿Y no eras tú quien decía
que creería sin ver?”

Alegoría 4:
“Y así es,
Pero me estoy acabando.
Necesito ir renovando
mi firmeza.
Y la fuerza
de mi Luz
y de mi Conocimiento
sólo la da el Nacimiento
de Jesús.
¡Dile que nazca a ese Bien!
¡Dile que se dé premura!
¡Dile… que se está poniendo oscura
la claridad de la Fe!”

Narrador:
…Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía.

Ángel:
“Y tú, ¿tú quién eres?”

Alegoría 5:
“¿Qué quién soy yo?
Yo soy la Libertad,
y necesito un camino
por el que poder andar.
Y si Él no nace,
vendrán
las rejas y las cadenas
de la pena;
nos llevarán al castigo
y cerrarán con cerrojos
los postigos
de la mente.
Y a su antojo
irán cegando los ojos
inocentes.
¡Dile que venga conmigo,
Que necesito pensar,
que necesito luchar,
que necesito creer
y poder
alcanzar
las ramas de la Verdad
en su Arbolillo del bien!
¡Dile que venga al Portal,
que el mundo lo necesita!
¡Dile que tiene una cita
con la Libertad!”

Narrador:
“…Y el ángel, nada decía, miraba y se sorprendía”

Ángel:
“Y tú, ¿tú quién eres?”

Alegoría 6:
“-¿Que quién soy yo?
Yo soy la Esperanza.
La virtud que no se cansa
de esperar.
No temo a la lontananza.
Yo sé que todo se alcanza,
que todo habrá de llegar.
Por eso vengo al Portal
sin dolerme la tardanza,
que esperar en esperanza
es gozar lo que aún no está.
Pero dile tú que sueño
su pequeño
despertar.
Dile que estoy esperando,
celebrando
su venida
a la Vida.
…Mas si no quiere nacer,
porque esté cumpliendo fiel
del cielo alguna ordenanza,
coméntale mi añoranza
y dile que esperaré
hasta que lo quiera Él.
¡Por algo soy la Esperanza!”

Narrador:
“…Y el ángel, nada decía; miraba y se sorprendía”

Ángel:
“Y tú, tú, ése, el último. ¿Tú quién eres?”

Alegoría 7:
“-¿Yo? ¿Que quién soy yo?
¡Yo soy el Amor!
La amistad,
la ternura.
La esencia pura
de la Verdad.
Sin mí,
el mundo es mala locura,
aventura de mal fin.
Yo soy bálsamo en la herida,
y soy brazo
donde se apoya el fracaso
y se ayuda la caída.
¡Soy el lazo de la vida!
Yo soy el eje del mundo, su motor.
La comprensión, la amabilidad.
Y la Luz.
Eso que sin ser salud
es vida en la enfermedad.
¡Soy el Amor!
Y soy la misericordia,
refugio en el perseguido,
y soy pan en el hambriento,
y soy agua en el sediento,
y en el desnudo, vestido.
Alegría en el anciano;
soy lo divino y lo humano.
En mi nombre
van los hombres
de la mano
en armonía.
Soy la risa, la alegría,
la razón que cada día
nos motiva el caminar.
Soy la sombra que al final
del camino siempre espero
para hacerlo llevadero.
Y soy más:
soy el cariño
que acompaña a la paciencia.
Y la inocencia,
Y la imprudencia
de los niños.
Y soy luego,
entre el hombre y la mujer,
ese que dicen que es ciego,
aunque sea el que más ve.
Y soy fuego,
soy candela
siempre ardiendo en centinela
de la voluntad mejor.
¡Soy el Amor!
Y estoy en la pena
ajena,
y abrazo conmigo
al enemigo.
Y en toda necesidad,
yo soy la caridad
con el hermano.
Caridad siempre dispuesta
a pedir con esta mano
lo que iré dando con ésta.
¡Soy el Amor!
Y hagan lo que hagan los hombres,
si no se hace en mi nombre
no tendrá ningún valor.
Pero fíjate, que yo,
siendo el Amor, como soy,
no seré nada si hoy
no naciera mi razón.
¡Vete, ángel, dile a Dios
que venga a la Nochebuena,
que sí merece la pena…
Que se lo pide el Amor…!

Narrador:
Pero el ángel, no decía; miraba y se sorprendía… Y al tiempo se asombraba de una música que empezó a sonar y de un murmullo creciente. ¡Desobedeciéndolo, todas las figuras habían vuelto”…

Ángel (Asombrado, extrañado, descompuesto):
-… Pero… ¡Qué pasa!
¿Adónde van los gañanes y esos bueyes?
¿Por qué cantan los pastores
y han vuelto a montar los Reyes?
¿A qué bajan los luceros
desde el cielo con tal brío?
¿Y a qué la flor del romero
abre su azul bajo el frío?
¿Por qué corres, lavandera?
¿Adónde vas, costurera,
abandonando el bordado?
¿Qué has visto desde el collado,
posadera?
¿Por qué saltas, leñador?
¿Qué pregonas, vendedor?
¿Adónde vais… si Dios
no vendrá a la madrugada?

Narrador:
“…Y cuando el ángel pensaba
decir otra vez que no,
algo le dijo la Luna
que… miró para la cuna
y… ¡estaba naciendo Dios!”

jueves, 24 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad

cuento-navidadEn estos últimos días andamos liados con una polémica a vueltas con las Cabalgatas de los Reyes Magos y si en las carrozas tienen que ir reyes o reinas. Unos hablan de paridad y otros de  simplemente paridas, para los de más acá no hay que salirse de las tradiciones y para los de más allá la tradición está para romperla...Y así andábamos cuando he recordado que hace exactamente tres años, un día de Nochebuena, publiqué en el blog este Cuento de Navidad, un cuento con el que además ese año las niñas felicitaron a todos los amigos las fiestas y no recuerdo que nadie se molestara ni dijera lo más mínimo, más bien lo contrario les pareció una cosa simpática, quizás tomándonos así las cosas nos iría a todos mucho mejor ;)

Cuento de Navidad

Se acercaban los días de la Navidad, y allí, en el centro del salón, sobre la alfombra, jugaban Paula y Daniel. Su abuela, mientras, estaba cosiendo junto al fuego de la chimenea. Entonces Daniel dijo a su abuela:
– Abuela, cuéntanos un cuento.
A Paula y Daniel les gustaba que su abuela les contara cuentos, eran cuentos bonitos, cuentos que ella había aprendido muchos años atrás cuando su madre se los contaba siendo una niña.
– Hijos míos, ya no tengo la cabeza para contaros cuentos, tengo muy mala memoria.
Pero Daniel y Paula insistían, querían escuchar un cuento, un Cuento de Navidad.
– Abuelita por favor cuéntanos un Cuento de Navidad.
Entonces la abuela dejó sus gafas y la labor que estaba haciendo y mirando como caían los copos de nieve en la calle mientras poco a poco iba anocheciendo, sonrió y les empezó a contar una historia:

Esta historia que os voy a contar es una historia verdadera, una historia que sucedió hace muchos, muchos años, en un tiempo y en lugar que ya se perdieron en la historia, pero es una historia que a lo mejor un día podrá volver a suceder. Tantos años hace ya de esto que os voy a contar que cuando sucedió era en los tiempos en los aún Dios bajaba de vez en vez a la Tierra para estar con los hombres.
Esa mañana, muy temprano, cuando el Sol todavía andaba somnoliento, cuando estaba desperezándose y preparándose para alzarse sobre las montañas, quiso Dios visitar a los hombres.

– Abuela, Dios tiene que ser muy trabajador porque sino no se levantaría tan temprano con lo cansado que debe estar, ¿a qué sí? -dijo Daniel.
– Desde luego mira que eres, Dios es muy fuerte y no tiene que descansar, tú lo que pasa es que eres un dormilón y no te gusta madrugar y piensas que nadie lo hace -dijo Paula.
La abuela moviendo la cabeza dijo:
– Bueno, ¿pero me vais a dejar que cuente la historia o no?
– Sí, abuela – contestaron los dos a la vez.

En una ciudad vivían tres viejos hombres muy buenos, eran poderosos, ricos y sabios, se llamaban Haluel, Saluel y Raluel. Y con ellos vivía un muchachuelo que no era poderoso, pues nadie le obedecía, que no era rico, pues nada tenía y que no era sabio, pues ni siquiera a leer y escribir había aprendido. Su nombre era José.
Y entró Dios en su casa y dijo:
– Amigos míos, estoy aquí para pediros consejo. Cada día que pasa los hombres son peores, apenas acaba una guerra cuando ya están preparando la próxima, por eso he pensado en bajar a la Tierra para ayudarlos. Quiero enviar a la Tierra a mi hijo para que sea hombre como vosotros y viva como vosotros. Pero no sé que nacimiento prepararle, vosotros sois los hombres más buenos y sabios; dadme pues consejo. 
Los tres hombres entonces se miraron extrañados, sus caras reflejaban asombro, pero no temor ni miedo. No era la primera vez que Dios había venido a pedirles consejo, pero nunca antes les había preguntado algo tan difícil y complicado.
El primero de los hombres, Haluel, que era el más viejo de ellos, haciendo una profunda reverencia dijo:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo deberá tener un nacimiento como los poderosos, como el nacimiento del más poderoso de los emperadores y reyes. 
Entonces el segundo de los sabios, Saluel, hizo otra profunda reverencia y dijo:
 – Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo deberá tener un nacimiento rodeado de sabiduría, un nacimiento como el más sabio de los maestros.Entonces el tercero de los hombres, Raluel, haciendo una reverencia mucho más historiada que la de los otros dos dijo:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo deberá tener un nacimiento como el más rico de todos los ricos de la Tierra juntos. 
El joven criado que hasta entonces había estado escuchando dijo con toda inocencia:
– Oiga señor Don Dios y digo yo ¿por qué en vez de tener un hijo no tiene usted una hija, una hija que nazca rodeada de pobreza, que tenga un nacimiento como el nacimiento de los pobres? 
Los tres sabios reprendieron a José que además de no haber hecho una reverencia ante Dios tampoco le había llamado excelentísimo y reverendísimo, pero Dios les dijo:
– No le regañéis, pues a él también le quiero escuchar.
Un ángel que había bajado con Dios para tomar nota de las respuestas de los sabios escribió en su libro lo que había escuchado y sonrió.

– Cuando yo creé el mundo lo hice grande y hermoso, mi hijo podría nacer en cualquier lugar, además me gustaría saber quién podría ser su madre. Aconsejadme vosotros, los hombres más sabios y buenos.
El sabio más viejo le dijo a Dios:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo podría nacer en Roma, en el palacio del emperador, el hombre más poderoso de la Tierra y su madre sería la princesa más poderosa de los poderosos de la Tierra.
El segundo sabio dijo a Dios:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo debería nacer en Atenas, la ciudad de la cultura y la sabiduría, nacería en la Academia, y de la mujer más sabia que todos los sabios de la Tierra.
El tercer sabio dijo a Dios:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios, su hijo debería nacer en Biblos, en un palacio de oro, su madre sería la mujer más rica de todos los ricos de la Tierra.
El criado ignorante que no sabía ni leer ni escribir le dijo a Dios:
– Señor Dios, su hija debería nacer en una aldea desconocida, en una casa pobre y humilde, y de una más pobre que todos los pobres de la Tierra.
El ángel que había venido con Dios, sonriendo, volvió a anotar cada una de las respuestas.

– Gracias por vuestra ayuda. Me habéis dicho cómo, dónde y de quién debería nacer mi hijo, sólo una cosa más me gustaría que me dijerais, el por qué de vuestras respuestas.
Y el sabio más viejo, Haluel, le dijo a Dios:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios sólo el poder puede hacer cambiar a los hombres, si los hombres son sometidos se les podrá obligar a ser buenos. Por eso vuestro hijo deberá ser el más poderoso de los poderosos.
Y dijo Saluel:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios sólo la sabiduría puede hacer cambiar al mundo, un mundo guiado por alguien sabio es un mundo sabio y bueno. Por eso vuestro hijo deberá ser el más sabio de los sabios.
Y habló Raluel:
– Excelentísimo y reverendísimo Señor Dios sólo la riqueza pueda cambiar el mundo, con riqueza se pueden evitar las miserias. Por eso vuestro hijo deberá ser el más rico de los ricos.
Y añadió José, el criado ignorante:
– Señor Dios el poder convierte a los pobres en oprimidos, la sabiduría desprecia a los humildes e ignorantes, la riqueza roba a los que menos tienen. Solamente el amor, un amor sin poder, sin sabiduría, sin riqueza, puede cambiar a los hombres y hacerlos justos. Lo único que puede redimir al mundo es el amor. Por eso tu hijo deberá nacer pobre entre los pobres y amar como sólo los pobres, los que nada tienen, saben hacerlo.
El ángel que había bajado a la Tierra con Dios sonriendo volvió a escribir en su libro cada una de las respuestas que había escuchado.

De este modo había aconsejado los sabios que todo lo sabían a Dios y el criado ignorante que nada sabía. Pasaron los años y los tres sabios, Haluel, Saluel y Raluel murieron y el muchachuelo se convirtió en un hombre y conoció a una joven guapa y hermosa llamada María, tan pobre como él. Y se casaron, y tuvieron una niña, un niña preciosa, una niña que nació en una casa muy pobre, en medio de la fiesta y la alegría de los vecinos, tan pobres como María y José.
Y cuando los dos quedaron solos, un ángel, el ángel que acompañó a Dios en su último viaje a la Tierra entrando en la habitación dijo:
– Aquí está la hija de Dios, una hija que nace humilde, y no en un palacio, que nace sin saber nada, y no conociéndolo ya todo, que nace sin riquezas, y no entre oro y joyas. Vuestra hija no tiene poder, ni riqueza, ni sabiduría, pero tiene amor. La voluntad de Dios se ha hecho y cada vez que un pobre vuelva a nacer en la Tierra su voluntad se habrá vuelto a cumplir.

– ¿Os ha gustado la historia? – preguntó la abuelita con dulzura, pero Paula y Daniel no respondieron. Los dos se habían quedado dormidos escuchando el cuento. Entonces la abuela se levantó de la vieja mecedora y con ternura les cubrió con una manta. Eran dos angelitos durmiendo sobre la alfombra. Mientras, el fuego de la chimenea crepitaba con gozo.