Hay un momento en la entrevista a Miriam González, en The Objective, que lo dice todo (o nada). La periodista le pregunta por las encuestas, por el posible apoyo ciudadano a su nuevo partido. Su respuesta es un monumento a la evasión, una muestra de arte político en estado puro: "No me parece lo relevante. En democracia, cuando pensamos que no tenemos representación, nos organizamos para poder tenerla. Las encuestas y eso, ya se verá cómo evolucionan".
Y así, durante toda la entrevista. Un ejercicio magistral de decir mucho sin decir absolutamente nada. De ocupar espacio, de utilizar palabras gruesas como "regeneración", "modernización" o "dar la vuelta al país como a un calcetín", pero sin que se cuelen ni un solo dato, ni una propuesta concreta, ni una fecha, ni un nombre. Nada.
La ideología como etiqueta del siglo XX (y las propuestas, como extraterrestres)
Cuando la periodista pregunta dónde se sitúa ideológicamente a Democracia 21, la respuesta es una obra de arte del pensamiento líquido: "Nos situamos en la limpieza y en la modernización". Luego añade que las etiquetas de izquierda y derecha "suenan a etiquetas del siglo XX" y que ella es una "persona de Castilla y León" que ha visto al PP invadirlo todo con lo público.
¿Y qué propone? Pues no se sabe. Porque cuando la periodista insiste en las medidas concretas, la respuesta es tan previsible como desalentadora: "Las plantearé cuando lance el partido político". Es decir, ahora estamos en la fase de sonrisas, fotos y declaraciones grandilocuentes; las propuestas, esas molestias, ya llegarán en la fase dos. Un clásico.
La financiación: un problema que no lo es (pero del que no se dan cifras)
La entrevistadora, en un alarde de valentía, pregunta por la financiación del nuevo partido. La respuesta: "Tendremos financiación, porque si no, no podremos salir". Esa frase, por sí sola, merece un premio a la perogrullada política. Luego, aprovecha para hacer un discurso sobre la corrupción, sobre que los partidos tienen demasiado dinero público, sobre que se debería suspender la financiación cuando hay casos de corrupción...
Todo muy bien, todo muy crítico. Pero sobre de dónde va a salir el dinero para Democracia 21, ni una cifra, ni una fuente, ni un compromiso de transparencia más allá del genérico "donaciones y contribuciones de los ciudadanos".
El equipo: un misterio (y la renovación, un eslogan)
"¿Tiene ya su equipo organizado? ¿Puede desvelarnos los nombres de las personas que están detrás de este partido?". Respuesta: "Me temo que habrá que esperar al anuncio". Y luego, el mismo discurso de siempre: hay que traer a "gente de fuera de la política", hay "más talento fuera que dentro", hay que "volver a ilusionarnos".
Pero ni un nombre. Ni una referencia a un economista, un sociólogo, un experto en políticas públicas. Es el discurso de la renovación como un mantra vacío, como si por el hecho de ser nuevos ya fueran a ser mejores. El "sí, pero no" elevado a la categoría de arte.
Los pactos, la corrupción y el futuro: todo es "ya se verá"
El carrusel de evasiones continúa. Sobre los pactos: "Todavía no hemos salido, no adelantemos acontecimientos". Sobre si el PP ya no vale para echar a Sánchez: "No, digo que no he visto un planteamiento de regeneración". Sobre la fecha de lanzamiento: "Estamos muy cerca, pero no puedo dar una fecha".
Incluso cuando la periodista le da la oportunidad de pronunciarse sobre temas concretos y candentes, como la imputación de Zapatero o las regularizaciones de inmigrantes, la respuesta se convierte en un ejercicio de prudencia tan medida que roza la irrelevancia: "Soy jurista y no me gusta pronunciarme sobre cosas hasta que no veo el desarrollo judicial", o "No tengo ninguna prueba de eso y me gusta ser prudente".
Es la estrategia del político que quiere estar en todas partes sin mojarse en ninguna. Que critica el statu quo pero se beneficia de sus reglas. Que promete regeneración pero practica el viejo arte de la ambigüedad.
Conclusión: la política como espejismo
Miriam González ha dado una entrevista en la que se ha mostrado hábil, simpática y crítica con el sistema. Pero si uno escarba un poco, encuentra el vacío. No hay propuestas concretas, no hay plazos, no hay nombres, no hay cifras. Es el discurso de la "nueva política" hecho con las herramientas de la vieja política: promesas sin fecha, críticas sin autocrítica y un mensaje tan diluido que puede ser comprado por cualquier votante de cualquier espectro.
Porque, al final, cuando dices que te sitúas "en la limpieza y en la modernización", estás diciendo que eres bueno y que quieres lo mejor para todos. ¿Quién puede estar en contra? Precisamente por eso, es una declaración vacía. Es el refugio perfecto del político que no quiere mojarse, que no quiere comprometerse con nada concreto.
"Hay que volver a ilusionarnos", dice. Pero para ilusionarse, hacen falta proyectos, no eslóganes. Hacen falta fechas, no "estamos muy cerquita". Hacen falta caras, no "gente de fuera". Hacen falta, en definitiva, respuestas.
Ojalá las tenga. Pero, por esta entrevista, no parece que vaya a ser así. Es la misma música de siempre, solo que con otro altavoz.

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